Apuntes de la DH (IV): ¿Y si la vida fuera esto…?

Captura de pantalla 2020-04-18 a las 17.50.39Dictadura Humanitaria, día 35
(Años del Mal Continuo, 18.4.20)

Silencio, calles vacías, actividad reducida a la mínima expresión.

“La vida está ausente”, decía p  ayer un escritor en una emisora radiofónica. Lejos de mí corregirle, pero, ¿y si la vida fuera esto?

Hasta no hace mucho, “el bicho” era un tal Ronaldo. ¿Quién se acuerda ya de él? Hoy el bicho es un ente microscópico que nos sacó de la rutina a todos a la vez. La mayoría vivíamos saliendo, entrando, trabajando con desgana, mirando “series”, contando los días hasta el “finde”, y el lunes, vuelta a empezar. Esperando las vacaciones, y al regreso lo mismo.

Esperando la Muerte.
Sin nombrarla jamás.

Semanas, meses, años. Ciclos repetidos. El eterno retorno de lo idéntico. Así pasábamos la vida. La habíamos reducido a un día, otro día, y otro día, y otro día, y otro día, y otro día, y otro día, y otro día … … … … y otro día, y otro día, y otro día ya no. Pero en este nunca pensábamos.

Vivíamos muy deprisa. Las prisas existen porque nos morimos, porque enfermamos. Corríamos para evitarlo pero, con pandemia o sin ella, íbamos derechitos a la enfermedad, a morirnos.

Corríamos, además, para no pensar en la Muerte.
Es decir, en la vida.

Pero, ¿no será que vivir es meditar en la vida?

Encierro, aislamiento, salidas esporádicas.

Ahora, detenido el tiempo y rotas las inercias, ¿sucumbiremos a la funesta tentación de pensar? De pensar, por ejemplo, en la existencia.

Habitamos una pesadilla amplificada. Una pesadilla hiperconsciente, como esas que tenemos en las vigilias insomnes; las peores, porque de ellas no se despierta. Y aunque se acaben, si se acaban, dejan una huella real e imborrable en nuestras vidas. Encima este mal sueño es siempre el mismo, y dura días, semanas, meses… Pero, ojo, que no hablo solo de la pandemia. Hablo –recuerda– de la existencia. Mutatis mutandis.

¿Qué es la vida, qué pintamos aquí? «¿Por qué el ser, y no más bien la nada?», se preguntó hace siglos Leibniz. Y mucho antes que él, a su manera, los griegos. Es la pregunta de la teodicea, de la filosofía. Surge al sentir y constatar el sufrimiento y la muerte. Sin estas realidades, tales disciplinas no existirían. No necesitaríamos preguntarnos ni por el origen ni por el sentido.

El sentido. Me decía hace poco un amigo agnóstico que no vale la pena preguntarse el porqué de la vida. Simplemente estamos aquí. En parte tenía razón. Suena demasiado teórico. Pero plantearse el porqué nos ayuda a preguntarnos por el para qué, y eso ya es más práctico (también más bíblico). Y tiene que ver con el sentido. Con el sentido de la vida.

Somos seres abocados a morir.
La Muerte es nuestro destino.

¿El sentido de la vida es la muerte? ¿Es una simple cuestión de cambiar el orden de las letras? No, no quiero hacer trampas. Pero es que ya las más viejas filosofías (hindúes, helénicas…) concluyeron que era difícil hablar de la realidad del ser si este es efímero. Si deja de ser.

Digámoslo de otro modo: si no hay sentido, solo hay destino. Nada antes, nada después. ¿Algo entremedias? ¿Para qué?

Convivencia forzosa, aplausos compartidos con desconocidos, pérdida.

Vivir es convivir, aunque no nos guste. Con pandemia o sin ella. Pero ella, si no vivíamos solos, nos lo hace más patente.

En el balcón, cada tarde, corremos riesgos. El riesgo de soportar la mirada, o el desprecio, de un desconocido que vivía a escasos metros y al que ahora descubrimos. Pero, también, el milagro de que nos devuelva una sonrisa. Y la sorpresa de saber que aquella anciana de aire escandinavo, y apariencia siempre huraña, era capaz de sociabilizarse.

Vivir es experimentar pérdidas. Las pérdidas nos hacen pensar. Cuando se multiplican de golpe, la tentación de pensar aumenta (una tentación sana, por fin). Ayuda a esto el hiperrealismo de la pérdida. Cuando te mata a un ser querido, el maléfico ente se torna de pronto mucho más real. Ayer no te comprendí cuando mató a uno de los tuyos. Hoy ya te comprendo mejor, y comprendo más claramente el no sentirse comprendido.

Entenderemos mejor, también, nuestra fragilidad. ¿Nos hemos enterado ya de que el bicho está dejando en ridículo la soberbia humana, nuestra vieja hibris, la babélica arrogancia? Me gustaría creer que sí, pero tengo mis dudas. “Resistiré.” “Lo vamos a vencer unidos.” “Esta guerra la vamos a ganar.” Autosugestión. Declaraciones (que no demostraciones) de fuerza. Contra toda evidencia. ¿Nos estamos negando a aprender la lección?

Y mientras, la Muerte, con pandemia o sin ella, acechándonos no sé sabe en qué rincón, ni en qué momento. Me he protegido la cara pero tal vez me espere en el calcetín cuando me rasque el tobillo… Hoy soy presa de la obsesión, cuasi supersticiosa, pero sigo confiando en las capacidades de mi especie. En las mismas soluciones que llevan décadas, siglos, milenios, mostrándose fallidas. Sobre todo, para aportar auténtico sentido y esperanza.

¿No pensaré en romper el ciclo, en trascenderlo?

¿Y si la vida fuera esto? @Pacífico / LEx



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